Y giro la perilla. Por la aplicación de una ligera fuerza, se abre la puerta, misma que una vez así, me invita a pasar y yo no titubeo al hacerlo: lo hago, paso un poco nerviosa, mientras veo a todos los compañeros en forma de círculo, sentados en las grises, metálicas e incómodas butacas.
¿Cuánto llevarán aquí?, me pregunté, respondiéndome en automático que tal vez ya deberían tener una media hora, aproximadamente. Recorrí el aula con los pies y la mirada, buscando un asiento libre. Había muchos, en realidad, pero, no quería arrastrar o tener que cargar con una de esas, aparentemente, pesadas butacas. Así que, en cuanto vi una sola, sólo la acerqué unos cuantos centímetros para que estuviese ya dentro del círculo. Todo esto sucedido en un par de minutos, tal vez menos, no soy buena contando el tiempo, o tal vez sí.
Me senté, junto con mi compañera, Eugenia, quien había sido casi un fantasma desde que giré la perilla de la puerta. Tal vez ella estaba más nerviosa que yo, pues no había dicho nada desde entonces, por lo que, hasta que se sentó a mi lado, no la había recordado. Fue entonces que intercambiamos un par de palabras: ¿De qué habla? (bueno, tres palabras).
Maggi, la “maestra”, exponente, la persona que estaba al cargo del taller, estaba leyendo algo… No nos fue difícil darnos cuenta que era una crónica aquello que con tanta pasión narraba. Sus palabras, al menos, las que salían de su boca, cuáles eran interpretadas y leídas por ella, para nosotros (me uno, pues ya estábamos dentro del círculo), me parecieron exquisitamente hermosas, pues, aunque sólo recuerdo poco de lo que escuché, en el momento me cautivaron, y no presté atención a nada más, sólo imaginaba aquello que ella nos leía.
La crónica trataba sobre un concierto de Juan Gabriel, donde interpretaba su extensa lista de canciones, tal vez no todas, pero sí muchas muy conocidas; escuché a Juan Gabriel cantar, y a Rocío Durcal bailar, vi al público, que disfrutaba de la música, que la sentía y la presumía.
Al final de dicha lectura, fue escuchado un “¿Qué les pareció?” (Pregunta tan común después de mostrar algo nuevo que debe ser cuestionado o criticado, pero también, pregunta tan temida, pues reta al oyente a desarrollar un sentido crítico-subjetivo sobre lo ya expuesto, al igual que es una forma de saber si este estuvo atento o no al acto) seguida de un “¿Han hecho alguna vez han hecho algo así?”.
Recordé haber escrito unas dos o tres, pero fueron hace tanto, que ya no sabía dónde estaban. Luego, vino a mi mente ese proyecto donde jugué el papel de editora: TrasLetras, la revista cultural que después de haber sido presentado para una tarea final, se convirtió en algo personal, tan personal que pensé lanzarla a inicios del 2010. Sin embargo, luego de aquel accidente y de la decepcionante falta de colaboradores, quedó sólo como un proyecto, como quedan muchas cosas aquí en México, sólo por falta de valor e iniciativa, o como muchos conformistas prefieren: por cosas del destino (y no me incluyo, porque no me considero conformista, soy muy exigente, pero muy “sorda”).
Y esa nube de recuerdos se esfumó, cuando un compañero de voz y apariencia muy agradable interrumpió con su respuesta a la pregunta hecha por Maggi. Y citaría lo que dijo, pero estaba tan concentrada en sus mejillas que me recordaron otras mejillas y unos ojos verdes preciosos, que me perdí. Me hacía falta dormir, y “cualquier cosa” me distraía. Sólo recuerdo levantar la mano para participar, justo después de que él terminó. Compartí mi sueño quebrantado con quienes me veían, con quienes no, pero todos me escucharon: comenté un poco acerca de mi proyecto sin saber cuando fue terminé de hablar, pues me quedé soñando despierta, cómo últimamente lo había estado haciendo.
Aun soñando, me puse de pie y escuché. Sí, fui capaz de escuchar instrucciones a la par de la marcha del barco de sueños que manejaba. Tantas cosas pasaban por mi mente: desde saber la procedencia de mis compañeros, hasta recordar a esa persona que no extrañaba, y que “debía” extrañar, o que por lo menos, en otras circunstancias, estaría más concentrada extrañándolo que soñando con cumplir algunos de mis deseos pospuestos desde hace tiempo atrás. “Tantas cosas por concluir”, pensé, sonreí y desperté.
Proseguí a seguir las instrucciones de Maggi. Me dio gusto saber que haría algo de ejercicio y que no sólo nos limitaríamos a escribir o leer algunas crónicas.
Después de algunos arrastrar o levantar las butacas para cambiarlas de lugar, nos acomodamos en círculo de nuevo, pero más separados, para no invadirnos al momento de ejercitarnos; comenzamos moviendo el pie derecho: colocando la punta en el suelo y girándolo con ritmo de derecha a izquierda, mientras algunos nos tomábamos de la cintura para no perder el equilibrio… Por varios segundos, tal vez un minuto, mantuvimos el pie girando, casi hasta el punto de sentir nuestras articulaciones quemarse dentro de un vaso de agua fría con hielos; inyectando energía y dolor a mi cerebro. Debo admitir que fue placentero, me reía y lo disfruté, hacía mucho que no disfrutaba mis pies así. Recordé lo sadomasoquista que soy, que me he convertido, o descubierto, desde aquel mismo accidente.
Y fue como una droga, no podía ni quería parar. ¿Frenesí? Seguí con el pie izquierdo, después las rodillas, la pelvis, la cintura, los hombros, la cabeza y la cara. Ahora que escribo me doy cuenta que fuimos de mayor a menor. Terminamos, me sentí mejor. Y apenas pasábamos una hora de las cuatro que debíamos quemar en el taller ese día.
Estando en círculo, nos dieron un número: 1, 2, 1, 2, 1, 2, hasta terminar. Formamos equipos: unos con unos, dos con dos. Me tocó ser uno, y supuestamente sería de la compañía de teatro que presentaría la obra, pero por error de Maggi (y para fortuna mía), me tocó ser prensa. Así que, esperé sentada junto con mis compañeras. Nos dieron instrucción de Platiqué un poco con una, después salí al baño y miré al otro equipo reunido: planeaban qué presentar. Me dio curiosidad, pero aguardé, no me atreví a preguntar, pues tal vez los presionaría y no me gusta a mí sentirme así, y me limité sólo a ir al baño y regresar pronto al salón.
Al entrar, regresé a mi asiento, y fue poco lo que esperé para que el equipo entrara a presentar la obra:
