viernes, 6 de noviembre de 2009

Reparación Constante a la Cámara Central



Caminando por el más ahogado boulevard que la vieja ciudad podría esperar, me dirigía bajo las finas gotas de lluvia nacidas de ese cielo azul-grisáceo, aquel mismo que me regalaba su más suave brisa otoñal y ese aire tan fresco, de aquellos que agitan el alma y que hacen bailar las puntas de mi cabello. Seguía mi rumbo hacia uno de los tantos abarrotes que rodean mi hogar, necesitaba café para terminar el cuadro, ese que espontáneamente se pintaba sólo en la azotea, como a diario sucedía; una mujer tirada en un catre desnudo contemplando la escena que creaba inconscientemente ese ejército de humedad que atacaba su cuerpo, su ropa, su pelo y la hacía despertar de la profundidad de sus sueños con esa ansiedad que el cielo turbado de nubes le provocaba, actuando como cualquier adicto estimulado por aquello que lo hace refugiarse en su droga; beber la segunda de varias de sus tazas diarias de café que de día le hacía falta, y de noche, de madrugada, por una tarde lluviosa o soleada, no importaba, ella necesitaba tomar su café.

Olvidándose del sueño, “De” bajó apresuradamente las escaleras que daban al patio trasero de su casa, jaló la reja semi-oxidada que estaba entreabierta y entró a la cocina como alma que lleva el diablo, volteó desesperada a la alacena (que no hacía juego con los demás muebles de alrededor) y estando a punto de abrir las puertecillas de madera recordó que había tocado el aluminio de las varillas de la puerta y también el de la escalera…

– Misofóbica y Cafeínomaniaca – pensó por un segundo, lo que engañosamente la hizo lavar bien sus manos, aunque haya sido solo para alejar el penetrante olor a fierro que había impregnado su piel, y sin secarse abrió ahora sí la alacena con toda seguridad. Buscó entre todo aquello que llenaba el cajón, no encontraba el café; vio el jarroncito de azúcar, la bolsa de sal, la de harina y el tarro de miel medio vacío que usaba siempre por las mañanas al preparar sus panqueques.

Decepcionada metió sus manos a los bolsillos de su pantalón favorito, y se percató de que no traía nada con que ir a comprarse por lo menos un sobre de café, entonces recordó haber dejado su cartera sobre el catre; justo antes de quedarse dormida había estado viendo las fotos de su ex-novio y los últimos poemas que le escribió durante el eterno pero descontinuo final de su relación. Se aproximó a la puerta que daba al patio y quedaba justo frente a las escaleras, pero casualmente volteó a la mesa y ahí estaba el frasco de café… ahí había estado desde la última vez que se preparó una taza de café, precisamente desde la mañana del mismo día hasta ese momento de la tarde. Sin preguntarse y casi por impulso, sacó del inútil horno de la estufa la cafetera que se ganó en una rifa que hicieron en la última despedida de soltera de una de sus viejas amigas, y como era costumbre, la llenó de agua casi al punto de que ésta se desbordase. Giró la perilla de uno de los pilotos de la estufa y sacó la cajita de cerillos, la sintió vacía pero no dudó en abrirla y al hacerlo vio que ésta no tenía ni siquiera el polvo.

Como siempre, una sensación de flojera se apropió de ella y decidió no ir a comprar una caja a alguna de las tiendas que estaban por ahí, así que prefirió llenar de agua la taza de “StarBooks” que tenía en la mesa y la metió al horno de microondas por dos minutos. Mientras esperaba el resonante sonido que repetía el horno cuando algo estaba listo, su celular vibraba con tanto esmero en la mesa que creyó que alguien la estaba llamando hasta que este cesó y se dio cuenta de que en realidad había recibido un mensaje y que su paranoia la hacía sentir más largo el tiempo de duración de las cosas. Al abrirlo leyó el remitente y dudó en leerlo, sin embargo los latidos constantes y desesperantes de su corazón la hicieron abrirlo. Era un mensaje de una vieja “amiga”, de esas que se pierden cuando uno las necesita y que recurren a ti sólo cuando necesitan desahogarse o contarte algún chisme… el mensaje decía que “tal mujer” había visto al sujeto vocal mudo con su exnovia… Justo lo que ella había pensado que sucedería el día en que él le dijo que ya no le veía futuro a su relación. Sintió como su cuerpo se cubría por una sábana color rojo (similar a la que él le había regalado el día de su cumpleaños) y se olvidó del hermoso clima que la había acompañado hasta ese rato desde que había dormido en la azotea. La ira se apoderó de ella, emanaba coraje al respirar y deseos de venganza se reflejaban en sus ojos de abismo con destellos escarlata, pues lo que más odiaba eran las infidelidades, las mentiras y a los estúpidos, y este sujeto cumplía con todo aquello que la hacía sentirse de esa manera. Poseída por esa emoción tomó un vaso que se encontraba sobre la mesa y lo apretó tan fuerte que casi lo hacía añicos en sus manos, dio un respiro tan profundo que parecía que el corazón se había detenido junto con las manecillas del reloj, cuando un estridente sonido que hizo eco en sus oídos durante varios segundos después, la despertó del trance y por tan espontáneo ruido el vaso resbaló de entre sus dedos provocando un choque auditivo en su cabeza que la hizo reaccionar con un golpe hacia la pared, miles de imágenes del pasado pasaron por su cabeza, pero entre las últimas hubo una que la hizo sentirse aun peor de lo que ya estaba… recordó que ya se había terminado el café. Entonces lloró, gritó y hasta se rió de si misma, se dio cuenta de que estaba dejándose arrastrar tanto por los problemas que ya estaba olvidando lo cotidiano y singular de su vida: el café y la ducha, solo le faltaba olvidarse de dormir para ahora sí estar completamente jodida. Amaba dormir, tomar café y pasar horas en la ducha, por eso pensó que no debía continuar de esa forma, así que creyó conveniente salir a la calle, caminar entre los mares deseosos de la oscuridad del drenaje citadino, los mares que ahora ahogaban al gris y ya no tan cálido pavimento, después de la miserable lluvia que abrazó su mañana, su catre y sus ojos.

Al estar sobre y bajo el agua, una nube de recuerdos la envolvió por segundos, pero los fuertes golpeteos de la lluvia en el paraguas evaporaron esa nube y ella continuó caminando, cerrando el paraguas a cada paso y volteando hacia el cielo, sonriendo con sus ojos cerrados, con la mente en blanco y transparentes imágenes distorsionándose, en busca del último dibujo creado antes de besar esos labios que seguía extrañando.

Al llegar a la esquina, se posó bajo un árbol a esperar que los carros dejasen de pasar, se sentó en las viejas raíces que casi hacían fiesta en la banqueta, tiró su paraguas al suelo y sintió una mirada especial, una mirada que la conocía tan bien, que podía pasar de intimidarla a darle confianza en cuestión de segundos, por su mente pasaron esos ojos, esfumándose así el último dibujo creado en su mente antes de besar esos labios, se levantó sin siquiera apoyarse en el árbol y olvidando el paraguas cruzó la calle ahogada sin detenerse en el boulevard. 

Por inercia volteó hacia su derecha y vio la aproximación de un camión fuera de ruta a toda velocidad, pensó y no en no querer ver esa cara o estar a la tentación de tocar su cabello, y sin retomar ese pensamiento se apresuró a llegar lo más pronto a la otra esquina, al estar justo en medio de esa calle, la cual parecía ser propiedad de ese camión que cada vez sentía más cerca por el ruido y el calor que producen los motores viejos, escuchó un grito que aclamaba su nombre, justo enseguida se escuchó un “detente, escúchame” e ignorando el llamado ella intento reanudar su huída, mas demasiado tarde se dio cuenta de que estaba llevando el mismo camino del agua, el camino que se crea cuando se destapa un drenaje, parecía estar enamorada de esa corriente que parecía tan natural, tan conocida, un remolino como el que se creaba después de tres horas de ducha. Abrió más sus ojos, cerró su boca y después todo era oscuro, silencio y la mente ahora solo pensaba en el color negro, sentía una brisa fresca similar a la que acompaña las mañanas lluviosas de otoño pero sin el característico olor de éstas, sus pensamientos convirtiéndose en incienso mientras que su cabeza parecía tener una bomba de tiempo que cada segundo que pasaba vibraba y latía más rápido que su propio corazón.

Había deseado estar muerta antes, pero por primera vez la oscuridad la atemorizaba, la sofocaba y sentía como su respiración se agitaba, nunca antes había deseado tanto ver un amanecer o cegarse con la luz de mediodía, al mismo tiempo, se construían melodías de ruidos vacíos en su cabeza, que se mezclaban con un tic-tac de un reloj que parecía estar enterrado bajo su pálida piel. Cayó en el desespero y poco a poco sintió como todo se iba apagando…

Entre dormida y despierta pensó en la ausencia de luz de donde se encontraba y entonces recordó que ni siquiera sabía donde estaba, en su memoria solo estaban esos ojos y el remolino por el cual, momentáneamente pensó, había sido hipnotizad; y abriendo bruscamente los ojos se preguntó – ¿Dónde diablos estoy?, ¿Qué rayos es este lugar? – con el deseo de que alguien estuviera con ella y le respondiera con palabras positivas. Ninguna voz se escuchaba, solo el lejano eco de un goteo que nacía del techo y daba fin en el mismo suelo donde estaba tirada y que durante un tiempo inimaginable había creado un charco de agua que mojaba aun más su ropa mientras mataba su olfato con un desagradable olor.

Pensaba que era un sueño, deseaba como nunca que estuviese viviendo un sueño, oscuro y deprimente, pero un sueño, tal vez una pesadilla, aunque era en vano, sabía que era real y que si en verdad fuese un sueño tal vez nunca podría despertar de el.

– Tal vez sea mejor permanecer aquí en espera de una muerte segura, lenta pero segura – Dijo en voz alta, hablando sola, como solía hacerlo siempre frente al espejo, pero hoy lo hacía frente y entre las sombras, para ella y el eco que parecía no cansarse de golpetear en el suelo.

– ¡No! – Se respondió alzando la voz y continuó – No es justo quedarse aquí sin hacer nada, después de tantas cosas que dejaste allá afuera, tanta gente y tanto café, tantos libros y las fotografías que te hacen recordar los mejores momentos de tu infancia.

– P-pero, será difícil salir… el simple hecho de encontrar la salida es aun más difícil, prefiero cerrar los ojos y esperar – Respondió deprimida e intentando decepcionar a su otra parte… 

Sabía que la discusión había comenzado, como siempre sucede cuando se encuentra en algún problema, surge otra persona en su cabeza y un debate interno invade sus horas y sus pensamientos. Su cuerpo permanecía en el suelo, pero su voz parecía como si ella estuviese parada en la humedad, como si en realidad debatiera con alguien más.

Después de aproximadamente setenta y cinco gotas caídas en al suelo, concluyó en que no perdería nada en caminar un poco para ver que se encontraba, a fin de cuentas sabía que estaría ahí por siempre y que no podía estar tirada en el piso hasta ahogarse tal vez en el charco o morirse de desesperación por tanta oscuridad.

Comenzó a caminar despacio, tomándose de la pared y con la cabeza un poco agachada para no golpearse, sintiéndose más agobiada que nunca; por más que abría sus ojos no podía ver nada, su respiración era cada vez más pesada y sentía como si estuviese perdiendo la razón. A pesar de eso siguió caminando, al frente se topó con otra pared un poco más rugosa que la que había estado tocando durante ese recorrido, tuvo miedo pero posó sus dos manos sobre la nueva pared y comenzó a explorarla. Rápidamente se dio cuenta de que había un agujero en ella, pues al bajarla casi cae en el sin saber que era. Recorrió sus manos sobre el contorno del agujero, descubriendo una vieja superficie metálica oxidada y con pequeñas ranuras, como si alguien hubiese estado intentando cortar con una segueta el material. Pero le era imposible concebir esa idea, debido a las circunstancias en las que el lugar se encuentra: no luz y sin el espacio adecuado, aparte había demasiada humedad. Ya que terminó de medir con sus manos la orilla de lo que parecía ser una tubería, se atrevió a bajar su cabeza hasta el centro e impulsar su cuerpo hacia adentro, subiendo primero la pierna derecha, apoyándose con la rodilla y después la izquierda.

Una vez dentro avanzó a gatas hacia la nada, llevada solo por el fugaz deseo de salir de esa oscuridad, encontrar una salida, una luz que la lleve al exterior. El eco de las gotas que la habían acompañado durante todo el tiempo comenzó a extinguirse lentamente cuando dejó el túnel principal. La idea de escuchar solo su respiración la intimidaba, y el sonido que cada vez era más tenue era lo único que le daba tranquilidad. En su mente comenzó a reproducirse una canción, era una larga y hermosa canción que siempre al escucharla le hacía perder los sentidos y la noción del tiempo. Se sentía cansada, mas nunca se detuvo a descansar pues sabía que si lo hacía iniciaría de nuevo otra discusión que la agotaría aun más, así que se mantuvo concentrada en esa canción, sabía que el gusto solo le duraría 23:13 segundos así que tomó fuerzas de la nada para impulsar sus rodillas y sus brazos y así avanzar un poco más rápido. El tiempo se iba acabando, ya no escuchaba las gotas caer y eran pocos los minutos que le quedaban a la canción, ya se sentía desfallecer, pero siguió y siguió, no encontraba nada. Al cabo de un par de minutos se topó con dos caminos, en donde se cortaba el camino el agua, la pequeña corriente giraba a la izquierda, el lado derecho estaba tan seco como sus labios. Por un momento creyó que lo mejor era ir hacia el lado derecho, creyó que yendo hacia aquel lado sería más fácil encontrar la salida, pero una corazonada le dijo lo contrario en forma de temor: le daba miedo dejar el camino del agua, no quería separarse de aquello que la había acompañado desde que estaba en la azotea de su casa, sintiendo la brisa de las lluvias otoñales. Entonces, después de no pensarlo mucho, optó por seguir la ruta del agua, sabía que si con ella había caído hasta el viejo sistema de drenaje de la ciudad, tendría que encontrar una salida, tal vez lejos, pero en algún lugar de esas húmedas cámaras estaría una salida, una por lo menos. 

Mientras seguía gateando, todo permanecía en total oscuridad, su mente no podía estar en blanco, ni siquiera eso se imaginaba, solo pensaba en salir de ese negro lugar. Repentinamente, un destello rojo se interpuso entre ella y la oscuridad, había recordado aquel mensaje, la manta roja y esos ojos. Se olvidó de la humedad de la tubería y sintió como sus venas bombardeaban de sangre su corazón, se dio cuenta de que aquello fue lo que la hizo caer en ese lugar, y que ahora por culpa de eso debía salir sola, sin la ayuda de nadie. El coraje casi la hace detenerse en ese lugar, pero pensó que no valía la pena seguir perdiendo el tiempo ahí, que debía salir, que continuar el camino era el único modo de llegar a la solución. No paró, gateó y gateó, golpeándose la cabeza, raspándose los codos y las rodillas, a punto de querer arrancar por puños su cabello, pero superficialmente sabía que esa no era la solución, que era mejor seguir gateando y encender alguna canción en su mente, otra que también la tranquilizara, sin importar la duración o lo que dijera la letra, necesitaba despejar su mente para continuar, esa era la única razón por la cual necesitaba escuchar una canción por lo menos en su interior. De tantas, le fue difícil escoger, pero una vez que comenzó a reproducirse, por inercia siguió gateando y durante los coros llegó a tararear algunas frases que en ocasiones la hacían sonreírle a la oscuridad.

Literalmente una luz de esperanza casi la hace saltar de alegría. A aproximadamente veinte metros se notaba una suave luz blanca que parecía venir de la superficie.

– ¡Vaya! Ya era hora de llegar por fin a la salida – Se dijo en tono confiado. – ¿Cuánto tiempo habrá pasado ya desde que desperté tirada en el suelo? – se preguntó sin siquiera intentar responderse, tan solo le importaba salir.
Se apresuró sin sentir dolor en sus extremidades, parecían ya muertas, se habían entumido, pero eso era algo que no le había preocupado antes y mucho menos ahora que estaba ya más cerca de esa luz. 

– ¡Hemos llegado! – Dijo como si en realidad el agua o la oscuridad fuese una persona. Sin pensarlo dos veces se aproximó a donde la luz estaba, no veía nada, estaba completamente cegada por tanta claridad. – No entiendo como pude haber caído aquí, pero ahora eso ya no tiene importancia, me siento cada vez más cerca del exterior – dijo mientras escalaba unas rejillas que rodeaban toda la pared. 

Pero fue ingrata su sorpresa cuando se percató de que seguía adentro cuando esa bombilla se apagó y una mini-explosión la hizo caer al suelo, no de la magnitud de ésta, sino del susto y la decepción, lo que dio cabida a otra discusión más.

– Te lo dije, nunca, nunca podremos salir de este lugar, ahora estamos más lejos de la salida, debimos habernos quedado donde despertamos, seguro que ahí fue donde caímos y no muy lejos debía estar la salida, la entrada a este túnel oscuro, húmedo y triste. No hay más que soledad, ni siquiera los recuerdos caben aquí.

– Calla, no me grites, me lastiman tus reclamos, lo acepto, tal vez tengas razón y tal vez es mi culpa haber llegado hasta aquí, donde el aire cada vez es más escaso, donde me siento tan asfixiada por la humedad y oprimida por el reino de la oscuridad, donde casi todo es silencio y solo nuestros murmullos, gritos y respiraciones rompen con el frágil equilibrio que se puede contemplar aquí. Lo siento, ya no discutamos más, mejor regresa y déjame aquí, no es justo que cargues con mis errores, vete, eres libre, esa es la solución a los problemas que siempre te doy, déjame, es ésta la mejor oportunidad.

– Lo haré, me voy, pero seguiré con el camino, sería un error más grande regresar a donde caímos – replicó mientras limpiaba sus manos con su pantalón favorito, ese que ahora estaba completamente sucio, aunque no lo podía ver sentía el lodo en la mezclilla. 

– Me voy – repitió – espero que aquí te vaya muy bien y que encuentres alguien a quien fastidiar – le dijo en tono burlesco, pues sabía que era casi imposible que encontrase a alguien más vagando por ese mismo lugar, ni siquiera por casualidad, nunca en su vida había sabido en los periódicos o en televisión sobre una persona perdida en el viejo sistema del drenaje municipal, ni de ahí ni de ningún otro lugar.

Pensando en quien dejaba atrás, una parte importante de ella, la primer lágrima dejo caer por su rostro, dándole a probar a sus labios ya secos un poco de agua salada que nacía en sus ojos, pero venía aun más allá de la profundidad de su mente, de su ser, su existencia y pensamiento, como cuando partes un trozo de carne en dos, el de un lado tiene más sabor que el otro, y entre los dos, se van desenredando hilos de grasa y de la misma carne. Fue entonces que se dio cuenta que había dejado algo de suma importancia para ella, y de que cuando separa algo, aunque lo cortes de la forma más fina y elegante, ya nunca jamás podría unirse de nuevo, al menos no igual.

Más lágrimas brotaban mientras balbuceaba palabras que parecían no tener ningún mensaje para sus oídos, pero sí para ella, ella sabía lo que quería decir.

– Nunca más seré la misma, ya no tiene sentido continuar, mejor espero, tal vez ella me deba estar siguiendo – se dijo intentando animarse.

Pero era inútil esperar, solo se oía su llanto que provocaba un eco estremecedor y casi contagiaba a las paredes con su dolor, cuando ya sin esperanza escuchó un ruido que parecía ser el de una voz encerrada en una botella.

– ¿Qué ruido fue ese? ¿Acaso fui yo con mi llanto? – Se preguntó mientras se limpiaba las lágrimas con su blusa. Interrumpiendo sus anteriores deseos de permanencia en ese lugar y continuó sin parar hacia donde el ruido provenía.

Iba tan rápido que no se dio cuenta que había llegado al final de la tubería, lo que la hizo caer a otra cámara similar a la que había caído en un principio, solo que ésta era más grande, dato que supo instantáneamente al voltear hacia su alrededor, ya que ahí si había luz, el lugar estaba medianamente iluminado.

Encandilada por la sorpresa, no se percató de la presencia de alguien más, un extraño y pequeño ser, el cual apenas le daba la altura a sus caderas. La personita tenía aspecto similar al de un humano, la diferencia estaba en su piel, que parecía estar parcialmente cubierta de vello y escamas (concretamente en sus extremidades y parte de la cara), andaba descalzo pero sus pies (o posibles patas) estaban envueltas en una capa de lodo y gusanos, puesto llevaba un pantaloncito y en el pecho traía marcada la letra “A”. Cuando ella lo vio quedó totalmente paralizada y ahogada en un grito que no pudo siquiera emitir.

Sorprendida siguió viendo al hombrecito que parecía dirigirse hacia donde ella estaba parada, no pudo moverse así que esperó horrorizada a que este se acercara y no le hiciera nada. Mayor fue la sorpresa cuando el pequeño hombre giró a su derecha yendo directamente a un montón de arena y piedras semi-húmedas que estaban en el suelo. Fue entonces que ella dio un respiro en símbolo de tranquilidad, pero seguía quieta observando al hombrecillo, quien en ningún momento le había demostrado alguna emoción desde que se hizo presente.

– Oye, ¿sabes como encontrar la salida? – le preguntó en voz baja y acercándose lentamente para no perturbar el ritual que el pequeño realizaba antes de recoger el escombro.

Sin embargo, este no respondió con nada, continuó murmurando mientras veía fijamente el montón de escombro. Ella lo seguía con la mirada y a pasos cortos hasta que se colocó a justo un metro de distancia atrás de él. “A” entonces se inquietó y aceleró sus murmullos que más bien simulaban como el sonido del rebobinado de un videocasete, tomó un par de piedras y se apresuró a salir por un pasillo estrecho que tenía lugar en el centro de la cámara.

– Oye, espera – le gritó, pero “A” no se detuvo. – Necesito encontrar la salida – agregó.

Pero “A” no dejó la caminata, se adelantó tanto hasta el punto de desaparecer entre la oscuridad de esos muros en cuestión de pocos segundos. “De” creyó que si seguía su camino podría encontrar una salida, ya no se permitía el lujo de la duda en ese momento, ahora sabía que no estaba tan sola; un sujeto desconocido desvanecía los pensamientos de soledad que momentos atrás la habían atrapado.

Ella caminó y caminó por el angosto pasillo, donde apenas podía mover sus piernas, sus brazos se atoraban a cada paso y de nuevo se cegaba ante tanta oscuridad. A la mitad del camino, su cabello se enredó en unos clavos que yacían en el muro, entonces tuvo que jalar con fuerza su cabeza, dejando ahí el mechón más largo de su cabello. Al voltear de nuevo al frente vio que una tenue luz roja iluminaba la cámara siguiente.

Al llegar a la cámara presenció la obra de reconstrucción más grande que había visto nunca. Seis hombrecitos similares a “A” tiraban partes de pared, resanaban hoyos y traían material para decorar las partes dañadas. Al colocarse en el centro del lugar pudo ver a “T”, “C”, “I”, “M”, “R” y “W”.

– ¿Dónde está “A”? – creyó haber pensando, cuando después de terminar la frase los hombrecitos tiraron sus herramientas y comenzaron a murmurar, así como “A” lo había hecho antes.

Entonces se dio cuenta de que no había pensado, sino que habló en voz alta. Al cabo de un minuto de murmullos y miradas entre ellos, retomaron su trabajo y le dieron la espalda. Sentándose en el centro “De” observó el lugar, detalle tras detalle, centímetro tras centímetro intentando adivinar la dimensión de donde se encontraba. Después de calcular el diámetro y la altura del lugar se percató de que estaba en el corazón del sistema de drenajes. Estos hombrecitos se encargaban de reparar los daños que con el tiempo y el uso se han ido agregando a la cámara central, conocida comúnmente como el Corazón. Se sintió un poco abrumada y apenada por haberse asustado de “A” la primera vez que lo vio, lo subestimó ligeramente por su apariencia sin pensar en lo grandioso que podría hacer él solo o con su equipo, pero de nuevo una duda la embargó.

– ¿Dónde está “A” y quién es él? – Se dijo en voz baja, sin interrumpir a los hombrecitos que trabajaban en la reconstrucción del Corazón.

Justo después de cuestionarse, un pequeño rayo de luz cruzó su mirada, rápidamente “De” en busca de su procedencia pudo ver a “A”, quien estaba trabajando en el otro pasillo, intentando conectar la cámara con el exterior. El pasillo estaba tapado con piedras grandes y pequeñas, algunas parecían ser muy pesadas pero “A” las quitaba sin dificultad y las iba amontonando a un lado de “De”, que al cabo de unos minutos se quedó dormida.

Una intensa luz la despertó, era de día y los rayos del sol decían que había escampado ya. El corazón estaba totalmente reparado y de la existencia de los hombrecitos ya no estaba segura, se levantó del suelo y se dejó llevar por el resplandor… Abrió sus ojos y sí, había dejado de llover, pero ahora tumbada en la banqueta, un tumulto de personas la observaba, pero eso no la sorprendió, hasta que una voz que la llamó por su nombre la turbó su serenidad.

– “De”, soy yo – se escuchó salir de la boca de uno de los hombres que la observaban ahí.

Entonces giró su cuerpo que aun seguía en el suelo… Me levanté y al abrir los ojos vi las fotos rotas y las patas astilladas del catre; recordé que debía ir a bañarme, tenía que salir a la carpintería y después pasar al supermercado, pues se me había terminado el café.

2 comentarios:

  1. DANIRA!!!
    Que viajesote te pegaste!!
    que chingón el final!!!
    te la viajaste la verdad :O
    super geniaaal :O
    me hiciste sonreír *_* eres pro xD
    saalu2 morra D:

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  2. Ah... Un cuento fantástico sin necesidad de "secuestrar" elementos "mágicos"... ¿Fue ese un guiño a cierta "cucaracha famosa"? ¿O sólo transmuta todo a forma de "sudario"? No lo responda ni lo diga, que el lector lo haga... Saludos.

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